Hace 4 millones de años el hombre era una criatura más bien parecida
a un gorila o un chimpancé, un hominoideo. Habitaba los árboles de los extensos bosques tropicales que cubrían el continente africano en su totalidad como una vastísima alfombra verde. A finales del Mioceno, durante el Plioceno y comienzos del Pleistoceno se produjo un descenso en el nivel de dióxido de carbono que desencadenó un proceso de fragmentación y declive de este amplio cinturón de bosque tropical y la consiguiente pérdida de hábitat para muchas especies. Sin embargo, este cambió climático propició la aparición y extensión de ecosistemas más abiertos, con nuevas especies de plantas y animales, lo que hoy son las savanas. Por razones por las que aún no existe convergencia en la comunidad científica, aquel zigoto de humano descendió de las copas de los árboles y se aventuró en los espacios abiertos de la savana. Éste cambio de nicho ecológico marcó un antes y un después en el curso de nuestra evolución.
El origen del bipedalismo aglutina varias hipótesis: algunos científicos piensan que fue favorecido por la selección natural al proporcionar un mayor campo de visión para el primate (al poder erguirse sobre sus dos extremidades inferiores). Otros mantienen que fue seleccionado por minimizar la superficie de exposición a la radiación solar (perdiendo así el pelaje en las zonas que ya no precisaban de él). También se apuntan los beneficios que reportaría su verticalidad. El caso es que esta adaptación permitió liberar las extremidades superiores y desarrollar una faringe capaz de articular sonidos cada vez más complejos y elaborados.

El origen del bipedalismo aglutina varias hipótesis: algunos científicos piensan que fue favorecido por la selección natural al proporcionar un mayor campo de visión para el primate (al poder erguirse sobre sus dos extremidades inferiores). Otros mantienen que fue seleccionado por minimizar la superficie de exposición a la radiación solar (perdiendo así el pelaje en las zonas que ya no precisaban de él). También se apuntan los beneficios que reportaría su verticalidad. El caso es que esta adaptación permitió liberar las extremidades superiores y desarrollar una faringe capaz de articular sonidos cada vez más complejos y elaborados.




Los gorilas permanecieron en la selva. Allí siguen hoy, sin saber lo que ocurre en el mundo, recluídos en su paraíso verde y tropical, igual que hace millones de años.
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